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Benditas bicis
/en En primera persona, Perros sueltosLas bicicletas son para todo el año, claro, pero… el verano es para las bicicletas, desde luego. Así se puede resumir la acertada evocación que hace Pedro Simón de aquellos maravillosos veranos de nuestra infancia, en los pueblos, en los que la bicicleta lo era todo.
Benditas Bicis
Pedro Simón
El Mundo, 23 de mayo de 2017
No era la piscina. Ni los primeros tomates del huerto del abuelo. Ni el final del colegio. Ni los campamentos con guitarras. Ni los pantalones cortos. Era la bici.
El verano empezaba con la bici. Con la tuya, quiero decir. Ese día en que tu padre iba al desván o al garaje y al rato regresaba con tu BH o con tu Orbea en vilo, como si fuera un lucio muy grande que acabase de pescar o un herido que rescatara en brazos. Una bici llena de polvo y telarañas. Con una rueda desinflada. Con tres o cuatro pegatinas viejas. Y un manillar torcido. Tu bici. Luego sonaba una frase bautismal que era el pistoletazo de salida de algo: «Anda, tráeme la bomba, hijo».
Entonces ya sí.
De niño la bici era un caballo y era una moto. Algo vivo que galopaba o una máquina con un motor que ibas tú haciendo con la boca (brrr, brrr). La bici era tu forma de estar acompañado y el cuerpo como la paleta de un pintor: la cara roja, las manos negras, las rodillas moradas. De mayor la bici es todo lo anterior. Y también un lugar en el que estar solo, un diván de psiquiatra portátil y un termómetro que te dice cómo estás.
Las bicis. El hermano de mi amiga Ana Carmona tenía 15 años cuando iba sobre una y murió atropellado por un conductor. Fue un 28 de diciembre de 1983. Más de 400 ciclistas han muerto así en la última década. Yo creo que atropellar a un ciclista es como atropellar la infancia, empujar a la cuneta al chaval que fuiste. Dejar al verano eternamente sin comienzo. Y llenar muchos pequeños agostos de un invierno muy grande.
(…)
Montar en bici no sólo era ver quién iba más rápido, sino también era ver quién derrapaba más fuerte, aguantaba más tiempo sin manos, hacía más caballitos o, incluso, iba más despacio. Como cuando -por probar algo nuevo- jugabas a echar carreras de lentitud y comprendías el valor de ser el último.
Ahora sabes que todo lo que jugabas de niño sobre esa estructura metálica con ruedas lo sigues jugando de mayor. Se juega sobre la bicicleta, con la bicicleta, por la bicicleta y yo escribiría que hasta contra la bicicleta.
En su delicioso «Plomo en los bolsillos», Ander Izagirre cuenta la historia del belga Win Vansevenant, que pasó a la historia del Tour de Francia por quedar último tres años seguidos. No fue nada fácil; tuvo que pelearlo como si fuera un crío. Llegando a los Campos Elíseos en una de las ediciones, su archienemigo Eisel ralentizó a propósito su ritmo para tratar de quedar el último en la clasificación y ser adelantado por Vansevenant. Aquello era para verlo.
«Un minuto más tarde aparecieron en la última curva dos ciclistas descolgados, que pedaleaban parsimoniosos y recibían los aplausos del público con una sonrisa irónica: Eisel y Vansevenant, en las posiciones 138 y 139», escribe Izagirre. «Eisel había dejado de pedalear a falta de un par de kilómetros y había tratado de rezagarse con disimulo. Pero Vansevenant le aplicó un marcaje fiero y se descolgó junto a él. Eisel se resignó, sonrió, le dio una palmadita en el hombro a Vansevenant y pedalearon juntos, de paseo hasta la meta».
Justo en la salida de esa última etapa, delante de los micrófonos de los periodistas, a Vansevenant le había salido el niño retador que jugaba sobre la bici: «Se lo he dicho a Eisel. Estoy dispuesto a hacer una carrera de caracoles en los Campos Elíseos».